sábado, 20 de diciembre de 2008

Urbania.

Moles de cemento se agolpan en sus entrañas,
latidos simultáneos de ladrillos eternos agitan las paredes,
maratones de sombras despliegan formas entre los recovecos.

Un árbol desnudo, solitario, descansa en la plaza central.
Una paloma muere mientras despierta un mendigo en la penumbra verde.
Transeúntes inexistentes, almas paralelas se desplazan en masa.

La vida no es vida en Urbania, es pensar, percibir.
El ser dormita en la pasividad de una noche perdida,
el eco de una voz intranquila se desarma, se hace trizas.

Una luna blanca, encendida, observa todo desde allí arriba
y el sol oculta su verguenza tras el velo del horizonte, espía.
El recuerdo de unos niños indigentes grita, sale de la nada, termina.

El agua de los charcos se cristaliza en un frío imaginario,
las luces de neon juegan a las escondidas.
En un oscuro callejón revolotea la última página de un diario, semanario.

La noticia es estremecedora, alguien yace herido
en una ciudad fantasma en donde reina el olvido.

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