miércoles, 25 de marzo de 2009

Por que digo, lo que digo.

En un decir de cosas ajenas me encuentro a veces hablando, de cualquier tema, en cualquier lugar. Sin saber porqué, cuestiono batallones de palabras vacías de sentido. En el vaivén de las horas, sin el sostén del tiempo, lo hago seguido.
Pensativo estoy, en un rincón, en aquellas horas en que el sol amaina. Con la mirada perdida en un horizonte abstracto, sin senderos, cabalgando voy sobre un fantasma de viento. Llanuras mágicas, inalcanzables, del pensamiento.
Ensimismado estoy en lo que siento.
¿Me perderé algún día entre las horas del sueño? no, no lo creo.
Solo, si por un instante no volviera a ser quien soy, o creo ser, me debatiría entre la angustia tácita de pertenecer o parecer tener. Lo que en realidad no tengo, podré tener; lo que en realidad no soy, nunca seré.
Lo irreversible me lo dice: “Que detrás de la careta incongruente de mi estrecho mundo, siempre estaré.”
Podré hilvanar, con el hilo invisible de la sabiduría, la extensa cadena de ideas universales, pero nunca develaré su sentido eterno.

Aquí sigo, sentado en la mecedora, moviéndome al compás de un crujido errático. Veo a través de una ventana la extensión de los campos, los colores de la cosechas, una máquina lejana vomitando trigo a su paso y un hombre pequeño realizando un trabajo.
En la inmensidad del cielo, la ceremonia de los pájaros que vuelan en grupo, demasiado alto o demasiado bajo.
Por unos segundos, mi mente queda en blanco, deviene el vacío de un renglón tachado. Las palabras rebotan contra un portón cerrado, no doy paso a lo que viene, estoy fatigado. Pero la sensación no es amarga, la de un cansancio agrio, sino, la de una mente victoriosa reposando.
Pasan las horas en un trance obnubilado y las persianas de mis ojos declinan ante el asfalto mojado. Todo se oscurece, pero no es en vano, en un sueño profundo estoy soñando.

Me imagino que soy un viejo filósofo, atrapado entre la duda y la certeza. Sentado sobre una piedra, en la antigua Grecia. Mis discípulos atentos, casi con la boca abierta, escuchan las palabras que brotan del misterio.
Una atmósfera de rabia y malogrado entendimiento, sacude a aquellos jóvenes griegos. Se miran unos a otros buscando consuelo, como si el saber descansara en sus rostros ajenos.
Un joven levanta la mano, preguntando serio: ¿Cómo se hace para alcanzar el cielo?.
-“No existe un lugar más allá del tiempo, en donde dejar huellas, si no hay terreno. Solo tus actos te harán eterno, mientras cultives la humildad podrás hacerlo.”-
El discípulo clamó: “Pero yo soy cobarde en mis actos y débil con mi pensamiento...por eso a veces no encuentro consuelo, si pudiera decir que soy un fuerte guerrero...”
-Eso no importa, es lo de menos. Lo que tu corazón dicte debes creerlo, ir por el justo camino aunque se haga estrecho.
-Sé que es difícil, gran maestro, pero si tu lo dices debe ser cierto.
-Confía plenamente en tus sentimientos, siéntate y reflexiona, cuando dudes de ellos.
“La sabiduría universal no está en los cuentos, ni en la copa de los árboles, ni en un río corriendo, ni latente en el canto de las aves que persiguen al viento. Solo en ti, en tu ser, descansa el conocimiento, de lo que has sido y de lo que has hecho. No esperes en vano, un vestigio externo, ahonda en la espesura de tu ser concreto”.
-Y si no encuentro una respuesta, ¿Como sopesaré el misterio?-
-No te preocupes por ello. Si no encuentras el camino y te hallas incierto, la marea llevará tu canoa a algún puerto. Debes dejar que corra el momento y fluir como el agua que no detiene el tiempo.-

El discípulo asintió con la cabeza, bajó la mirada y se quedó en silencio .Los demás, a su alrededor, se desvanecieron cual granos de arena arrojados al cielo. Una nube de polvo, inmensa, cubrió el terreno.

Parpadeé por unos instantes, volviendo en sí, de regreso a la realidad. Mis manos, aun inertes, comenzaban a abrirse cobrando vida y el resto de los miembros se desperezaban al unísono. Y aquí estaba, de nuevo, vigente en mis convicciones y deseos.
Tras una sensación abismal, indeleble, que nos deja el sueño, me recuperaba.
En la fantasía latente de haber pertenecido a otra época, se confundían los roles de un hombre cotidiano con los de un pensador nato.
Entonces, me encontraba hablando, de cualquier cosa, en cualquier lugar, en el vaivén de las horas...con palabras ajenas...

Cuando el hombre cotidiano...



Cuando el hombre cotidiano, cansado de su lucha eterna, decide trascender las fronteras de la monotonía, busca refugio en los vaivenes del destino, como queriendo atravesar una línea invisible y hacerse participe del camino. En la sinrazón de la lucha intestina encuentra la paz de su espíritu. Busca, hombre, aquel camino que corresponde a tu dicha, hazte responsable de los aciertos y los errores, que verás aparecer en el horizonte de la melancolía la nítida luz del alba.



Marcadas estaciones de frío y sudor alientan la lucha, continua y sin pausa, derribando muros de imprecisiones se acerca a la escena final, descuelga el velo que tapa la cruda visión de una realidad saturada de diversos matices. Extraña algarabía de ignorantes a sueldo y comisión, ¡ya basta de la mentira!...¡ya basta de ti!...¡ya basta de nada!...¡ya basta de todo!. Mundo sumido en la sinergia de una rueda sangrante, colapsado por explosiones sintomáticas de cobardía, ¿ A donde estás presente? ¿a dónde irás futuro?...nadie sabe de ti...sin ti, no sabe nadie. Bailarás en la escena transeúnte por miles de años, hasta hallarte. Comerás de la carne que los demás comen, aunque te sepa agria y desnuda en tu paladar. Y te preguntas:¿Será la lógica escueta, de los no sabiondos, el lugar exacto?. Parado en la simplicidad de los días que se esfuman, te enrareces. Buscando un consuelo entre tantas vicisitudes, se va la vida. Pero allá a lo lejos, de la mano con la esperanza, asomas tú, febo naranja. De las nubes estrepitosas, al calor de las sombras, despiertas cada mañana. Iluminas la vastedad de la naturaleza y los corazones afligidos, descubres pasiones, desvelas mendigos. Rostros sin tiempo acuden a las avenidas y estás allí, perenne, indeciso. Caras blancas, portones macizos, lamentos lejanos de algún niño. Sigues rodando, por las calles de un barrio antiguo. Ya no caben más preguntas en tus bolsillos. Decides rendirte ante tal hastío, y ya no cuestionas, haz vencido.